Homilía de Mons. Marcelo Colombo en la Misa de Clausura

Homilía de Mons. Marcelo Colombo en la Misa de Clausura

Permanecer en su amor para anunciarlo

 

San Juan, 15 de octubre de 2018.

Queridos hermanos,

San Juan se ha vestido de fiesta con esta importante visita de tantos hermanos y hermanas del país, pertenecientes a la Acción Católica Argentina, dirigentes y miembros que hacen de ella una gran familia apostólica presente en nuestras iglesias particulares, signo de esperanza y testimonio del Reino de Dios. Visita que no es una mera reunión de amigos, sino encuentro de discípulos y misioneros del Señor. Visita destinada a fortalecer la misión que los apasiona y los lleva más allá de las fronteras de la propia realidad familiar y comunidad parroquial.

La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de permanecer en el amor de Dios que nos amó primero. Esa iniciativa del Hijo de Dios urge nuestra propia respuesta de amor a Él y a los hermanos, un amor que multiplique la invitación del Señor a seguirlo y a dar vida como Él.

Refiriéndose a este “permanecer en el amor”, el papa Francisco enseñaba el 9 de setiembre de 2017, en Medellín, que permanecemos en el amor de Dios, cuando tocamos la humanidad de Cristo y contemplamos su divinidad para vivir en la alegría.

“Permanecemos tocando la humanidad de Cristo”: Con la mirada y los sentimientos de Jesús, que contempla la realidad no como juez, sino como buen samarintano; que reconoce los valores del pueblo con el que camina, así como sus heridas y pecados; que descubre el sufrimiento callado y se conmueve ante las necesidades de las personas, sobre todo cuando éstas se ven avasalladas por la injusticia, la pobreza indigna, la indiferencia, o por la perversa acción de la corrupción y la violencia”. (Francisco, Homilía en la misa con consagrados. Medellín, 9 de 9 de setiembre de 2017).

No nos resulta difícil descubrir la estrecha relación que existe en entre el permanecer en el amor de Cristo y nuestra propia fidelidad a sus prioridades, los más pobres y excluidos, los que están solos y agobiados en su dolor, los que sufren las consecuencias de la cultura del descarte.

La creciente pobreza de tantos argentinos que nos avergüenza o nos duele y nada más, sino la interpelación de cómo abrazar esa realidad para transformarla desde nuestros espacios. Es preciso conmovernos para actuar creativamente desde el amor creyente y fiel en los ámbitos donde actuamos y nos confesamos cristianos. Imagino a los distintos niveles de la ACA, procurando en sus líneas de acción discernir los canales adecuados para interactuar con las diferentes pastorales de la Iglesia que hacen presente el amor de Cristo que todo lo transforma, la defensa de la vida desde la concepción en el vientre materno hasta el ocaso natural, no sólo en la asistencia inmediata, sino también en la promoción integral de todas las personas en su dignidad inalienable, en su destino trascendente de ser para Dios…

“Permanecer y contemplar su divinidad (…) privilegiando para ese conocimiento el encuentro con la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio, donde Cristo nos habla, nos revela su amor incondicional el Padre, nos contagia la alegría que brota de la obediencia a su voluntad y el servicio a los hermanos (…) Haciendo de la oración parte fundamental de nuestra vida y de nuestro servicio apostólico. La oración nos libera del lastre de la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a elegir alejándonos de la superficial, en un ejercicio de auténtica libertad. Nos saca de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una experiencia religiosa vacía y nos lleva a ponernos con docilidad en las manos de Dios para realizar su voluntad y hacer eficaz su proyecto de salvación. Y en la oración, adorar. Aprender a adorar en silencio (…)” (Francisco, Homilía en la misa de consagrados. Medellín, 9 de setiembre de 2017).

Partimos de la Palabra en la cual Cristo nos revela su amor incondicional y nos lleva a su encuentro en la oración, el silencio, la adoración. Lo necesitamos. Sin Él somos estériles. Con Él podemos afrontarlo todos y saber que acompaña y fortalece nuestros pasos vacilantes. Se nos hace imprescindible “beber del Evangelio” (Santa Teresa, Manuscrito de Escorial, 31) para calmar la sed de caminantes y afrontar los rigores de todos los caminos.

En estos años hemos podido ver el entusiasmo en la renovación de los itinerarios pedagógicos de la Acción Católica para las distintas etapas en la fe de sus miembros, idóneos para contribuir con los planes de formación discipular de parroquias y comunidades. Como obispo no puedo sino agradecer y alentar esta creciente interacción entre fe y vida que se trasuntan en los programas concretos de formación de la ACA, así como en las distintas iniciativas en curso para proponer la mirada creyente a numerosos sectores de la sociedad, para conocer a Jesucristo, amarlo y servirlo en los hermanos.

“Permanecemos en Cristo para vivir en la alegría (…) gozo pleno que nadie nos podrá quitar, difundiremos la esperanza de vida nueva que Cristo nos ha traído. El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría. Dios no nos quiere sumidos en la tristeza y el cansancio que vienen de las actividades mal vivida, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas. Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando trasparentamos la alegría del encuentro con Él (…)” (Francisco, homilía en la misa con consagrados. Medellín, 9 de setiembre de 2017).

Nos reunimos en el contexto de un Sínodo convocado por el Santo Padre para reflexionar sobre la realidad juvenil, la fe y el discernimiento vocacional. Obispos y peritos de todo el mundo están en Roma junto al Papa Francisco tratando esta temática decisiva para la vida y la misión de la Iglesia. Uno de los aspectos que el Papa indicó en la apertura del Sínodo fue el del necesario diálogo intergeneracional para una vida eclesial feliz y fecunda. La Acción Católica Argentina ha sido, desde siempre un ámbito para ese diálogo tan importante y significativo. Enhebrados unos a otros por el vínculo del respeto, la valoración y el amor, los miembros de la ACA aprecian ese necesario intercambio de dones que integra sabiduría, experiencia, con entusiasmo y novedad.

En estos tiempos difíciles, ser portadores de alegría compromete nuestra actitud en la vida y los acontecimientos que tienen lugar a diario. No negamos su dramatismo si ponemos nuestra confianza en Dios y de nuestro encuentro con Él alimentamos nuestra decidida participación en la historia humana como protagonistas, testigos y servidores. Por eso Uds., queridos miembros de la ACA, nos expresan una alegría muy honda, la de pertenecer a Cristo y a su Iglesia para amar y servir en su nombre.

Refiriéndose a la identidad permanente de la ACA San Pablo VI la explicaba como “vocación ofrecida a los mismos seglares de pasar de la concepción inerte y pasiva de la vida cristiana a la conscientes y activa, del estado de cristiano, más de nombre que de hecho, extraño a la comprensión y a la participación en los problemas de la Iglesia, al estado de fieles convencidos de poder y deber también ellos compartir su plenitud comunitaria, su responsabilidad operativa, su doloroso y glorioso testimonio, su caridad misionera”. (Pablo VI, A los delegados episcopales de la Acción Católica Italiana, 25 de julio de 1963).

Sobre el testimonio de esta identidad de laicos cristianos, San Oscar Arnulfo Romero decía: “(…) en la entraña del mundo, en el matrimonio, en la profesión, el negocio, en el mercado, en el jornal de cada día, ustedes son los que están llevando el mundo y de ustedes depende el santificarlo según Dios”. (Mons. Romero, 26 de noviembre de 1978).

Hace algunos meses, el Papa Francisco nos anunciaba la declaración de martirio de Mons. Enrique Angelelli y junto a él, tres compañeros de suerte, los padres Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, y el laico, trabajador y padre de familia, Wenceslao Pedernera.

Me llenó de alegría que los dirigentes nacionales de Acción Católica me pidieran que evocáramos a este último, que fue miembro y dirigente de la Acción Católica Rural durante los años ’60 y ’70.

Nacido en la provincia de San Luis, Wenceslao creció, trabajó y formó su familia en Mendoza para testimoniar al Señor en La Rioja, a partir de su fuerte compromiso con la concreta aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia, rubricando esta entrega con su propia sangre en 1976, luego de perdonar a quienes lo habían baleado.

Para cuando llegue su beatificación en los próximos meses, les hago entrega de un pequeño relicario que guarda una astilla del ataúd que portó su cuerpo mortal desde su martirio hasta hace unos pocos meses en que procedimos a su exhumación. Hoy lo recordamos junto a su familia aquí presente en la persona de su esposa Coca y sus hijas María Rosa, Susana y Estela. Y damos gracias por su vida y su testimonio. Nuestra Patria necesita muchos Wenceslao dispuestos a vivir, a trabajar y a entregarse con alegría y generosidad a la luz del evangelio del trabajo y la solidaridad.

Dios bendiga a la ACA, y a través de ella, a la Iglesia en la Argentina, para que no nos cansemos de amar, permaneciendo en Aquél que nos amó primero hasta darlo todo por nosotros y por nuestra salvación.

 

+ Marcelo Daniel Colombo

Arzobispo de Mendoza